El humor

El humor es la misma sal de la vida y sin él nuestra absurda, breve y fútil existencia sería poco menos que insoportable. Se transcriben aquí, para posible solaz del amable lector de esta página web, algunos escritos de R.V.-P. marcados decididamente por el humor. Así en el libro “Retorno a la ciudad del viento” (Editorial Certeza, Zaragoza, 2007) se incluye el siguiente relato de carácter taurino (podría decirse incluso que “cómico-taurino-y levemente musical”), titulado “El gafe ataca de nuevo” (el autor, en su delirio, asegura que el ochenta por ciento de lo que se narra en este cuento fue verdad):

“Todo iba de perlas en la feria taurina de Ventjaloux (Ventjaloux es una ciudad imaginaria francesa, junto al Ródano, en la que el autor sitúa los cuentos incluídos en sus libros de humor “La ciudad del viento” y “Retorno a la ciudad del viento”-algún malpensado, de los que tanto abundan, la identifica arteramente con Zaragoza-) hasta que llegó el gafe, el gafe más gafe de todos los gafes del toreo: ¡El innombrable! Lo trajo un rejoneador muy corto de luces que se lo había encontrado esa misma mañana vagando sin rumbo por el aeropuerto de Marsella.
-¡Hombre,… (aquí el proscrito nombre del indiscutido rey de los gafes)!, ¿qué haces aquí?, le preguntó.
-Vengo de la feria de Frejus, respondió el cuitado.- Y tú, ¿adónde vas?
-A Ventjaloux.
-¡Qué interesante! ¿Puedo acompañarte?
-Sí, claro está. Así tendré con quien hablar.
Es bien sabido que los gafes nunca atacan a los idiotas sin remedio, así que el rejoneador, tonto del culo de nacimiento y cuyo caso clínico se había agravado sin esperanza tras caer violentamente de cabeza del caballo en la plaza de Floirac, no arriesgaba ni un alamar al actuar de ese modo. Como además era inmensamente rico por herencia familiar (él jamás de los jamases había dado un palo al agua, faltaría más, para eso estaban los pobres), pagó el viaje al innombrable y se quedó tan ancho, sin adivinar lo más mínimo el inmenso horror que se avecinaba.
Tomaron el avión y, cosa rara, llegaron a Ventjaloux sin incidentes. Lo primero que hicieron fue acudir a casa del empresario pues era la hora de comer e imaginaron que habría pitanza gratis. Los taurinos, aún en el caso de que sean millonarios (y sobre todo en ese supuesto), no perdonan nunca jamás un yantar caliente por la jeró ¡ni por la gloria de su santa madre!
Llamaron a la puerta y les hicieron pasar. El empresario comía con unos invitados, el gerente de la plaza, unos periodistas y varios taurinos gorrones. Cuando vieron aparecer por la puerta al rejoneador nada dijeron, pero al vislumbrar detrás de él al innombrable cundió un enorme, telúrico, cósmico e irrefrenable pánico.
-¡Hostia! ¡Es él!, gritó el gerente demudado, al borde de la angina de pecho y con el rostro de ceniza.- ¡No puede ser! ¡No es posible! ¡No me lo puedo creer! Pero, ¿qué hace este pedazo de cabrón aquí?
-Lo he traído yo, explicó el rejoneador con una inocente expresión de alelada ingenuidad infantil.- Lo encontré en el aeropuerto y le invité a venir conmigo.
-¡Imbécil, cretino, tarao! ¡Si es que no tienes remedio!, farfulló fuera de sí el empresario (cuando se ponía nervioso se aceleraba, tartamudeaba y con su destemplada voz de pito no se le entendía casi nada).- ¿A quién se le ocurre? ¡Sólo a ti, que además de ser el mayor idiota del toreo tienes muy mala leche!
-¡Dios nos coja confesados!, bramaba el gerente mesándose los cabellos.- ¡Se acabó la feria, hijos míos! ¡Apaga y vámonos! ¡Esto es el fin! ¡Santa Madonna de Ventjaloux, socórrenos, por lo que más quieras!
Los taurinos gorrones, eternos invitados, se hacían cruces, torcían el gesto, murmuraban por lo bajo, jadeaban, sudaban y se retorcían las manos con el mayor nerviosismo. Uno de ellos sacó un rosario y se puso a rezar.
-¡Santa Virgen!, decía estremecido.- ¡Sálvanos! ¡Te prometo que si salimos de ésta iré de rodillas hasta la ermita de San Damián! (treinta kilómetros de salvaje y empinada cuesta de erizados guijarros desde Ventjaloux) ¡Te lo juro!
Entretanto el gafe se había sentado muy orondo y tranquilo en un rincón de la gran mesa, se había servido unas cucharadas de un horrible potaje de garbanzos con patatas (el empresario, rico podrido, pero de una racanería sin límites, sólo invitaba invariablemente a garbanzos huérfanos semicrudos, regados con un vomitivo vino rosado del que era representante), y con olímpica calma, totalmente ajeno a la angustiada barahúnda que su aparición había concitado, ingería inmutable la repugnante pitanza a dos carrillos con asombrosa avidez.
La primera muestra de que había llegado el mal fario en su versión más descarnada fue el atragantón casi mortal que sufrió uno de los taurinos al trasegar un afilado hueso escondido arteramente entre los pútridos garbanzos.
-¡Aggg! ¡Aggg! ¡Aggg! ¡Me ahogo! ¡Me ahogo! ¡Aggg!, se le oía balbucir entre desesperados espasmos.
Su rostro adquirió el color carmesí de los tomates maduros a punto de reventar.
-¡Hay que llamar a un médico!, exclamó muy asustado uno de los periodistas.- ¡Le va a dar algo!
Un ventrudo picador propinó un fenomenal golpe en la espalda al taurino y el afilado hueso se escapó como un obús traicionero de la boca de la víctima para incrustarse violentamente en el ojo derecho de un afamado crítico de Nimes.
-¡Ay! ¡Ay! ¡Ay!, gemía la nueva víctima.- ¡Estoy ciego! ¡Estoy ciego! ¡No veo nada! ¡No veo nada! ¡Ay! ¡Ay!
-Mejor que no veas nada, que eres un gracioso y tienes muy mala leche, murmuró por lo bajinis un apoderado que detestaba al crítico.
El gafe seguía comiendo en su rincón, indiferente a lo que ocurría a su alrededor. De repente apareció una sirvienta entrada en carnes -más que entrada en carnes, de tipo ballenato caribeño- con una enorme olla llena de garbanzos con espinacas -mísero plato único del día-, tropezó al bajar por las escaleras y tras fallidos ejercicios de funambulismo derramó el hirviente potaje sobre los comensales -sobre todos, salvo el gafe, naturalmente-. Se escucharon horrendas blasfemias, insultos, lamentos, alaridos, gritos inconexos, aullidos feroces. La sala se convirtió en un manicomio. El único que mantenía imperturbable la calma en la horrísona tormenta era el gafe, que seguía tragando garbanzos sin la menor piedad, como si en ello le fuera la vida.
El gerente cogió al rejoneador por las solapas de la chaqueta y le gritó a la cara con todas sus fuerzas:
-¿Has visto lo que has hecho, imbécil, cretino, pedazo de cabrón? ¡Nos has traído la ruina! ¡Y esto no ha hecho más que empezar! ¿Por qué no te quedaste en Marsella, en el asilo de taraos? ¡Soplapollas! ¡Mamonazo! ¡Mangante! ¡Gilipollas! ¡Mal rayo te parta!
La reunión se disolvió a paso de carga. Taurinos y periodistas abandonamos como ratas el barco en pleno naufragio mientras el gafe supremo, el monarca indiscutido de todos los gafes del toreo, seguía tragando incansable, indiferente y hierático los apestosos garbanzos en su apacible rincón.
………………..
Hasta la aparición del innombrable la feria había discurrido por lucidos cauces. Varios toreros habían salido a hombros por la Puerta Grande, se habían registrado excelentes entradas –una tarde se colocó incluso el ansiado cartel de “No hay billetes”- y el sol había brillado con esplendor, animando al público a acudir a la plaza. De repente todo se torció como por una maldición bíblica: Lluvia inclemente, frío intenso, viento inmisericorde, graves cogidas de varios toreros, reses por los suelos y un enrarecido ambiente en los tendidos, en bronca permanente.
El empresario estaba desesperado. No le cabía la menor duda de que la culpa de aquel desastre la tenían el gafe y el estúpido rejoneador que había tenido la imperdonable idea de traerlo. Entonces ideó una estratagema: Como sabía que lo que más le gustaba al gafe era comer bien, le invitó a yantar en un famoso restaurante situado a doscientos kilómetros al sur de Ventjaloux.
-Es que allí hacen unas morcillas estupendas, le explicó solícito.- Y el paté de foie es el mejor de la región.
El innombrable aceptó de inmediato. Su primer objetivo en la vida era llenar la panza a costa de los demás, máxime si se trataba de un restaurante de lujo (nunca se sabe lo que nos puede deparar el mañana). La secreta idea del empresario era dejarlo allí, con la ardiente esperanza de que no regresara nunca jamás a Ventjaloux.
Así lo hizo. Mediada la copiosa comida se levantó de la mesa pretextando que iba al lavabo y abandonó el restaurante como alma que lleva el diablo.
-¡Y además tendrá que pagar!, pensó muy satisfecho mientras emprendía raudo el viaje de vuelta (sería la primera vez en su vida que el gafe pagara algo).
Tenía que estar de regreso antes del inicio de la corrida, así que se lanzó a toda velocidad por la autopista. Cuando llegó al peaje intentó frenar, pero el coche deportivo no respondió. Vio con horror que se acercaba a toda marcha a las pilonas de cemento armado y que nada podía hacer para evitar el golpe. Pegó un seco volantazo y el coche dio varias vueltas de campana antes de incrustarse con enorme violencia contra un muro.
El empresario fue conducido en ambulancia a un hospital de Ventjaloux. Allí comprobaron que tenía varios huesos rotos y que una costilla fracturada le había perforado la pleura.
Mientras tanto el gafe encontró en el restaurante a unos taurinos de Nimes que iban a la feria de Ventjaloux. Se sentó en su mesa sin pedir permiso. Horrorizados, le dejaron comer cuanto quiso y pagaron religiosamente la cuenta, además de llevarle a la ciudad. Creían que la única forma de librarse del inevitable mal fario era congraciarse con el innombrable, pero pronto comprobaron su garrafal equivocación. En cuanto dejaron al gafe se acumularon las desgracias: En un semáforo en rojo en la avenida Corot les embistió un camión por detrás como si fuera un fiero Miura y el flamante Mercedes quedó tan arrugado como un acordeón. En el hotel les robaron las maletas y fueron presa de gigantescas diarreas. Acabaron todos en el hospital con una salmonella de padre y muy señor mío. Mientras tanto el gafe, exultante de salud y con la tripa a reventar, se instalaba a sus anchas en el Grand Hotel, absolutamente seguro de que, como siempre ocurría, algún taurino asustadizo pagaría su cuenta.
…………………
Durante la feria mi misión periodística en “L´ Echo de Ventjaloux” consistía en ayudar al crítico taurino, un reumático plumilla veterano. Realizaba entrevistas y pulsaba el ambiente a la busca de noticias. Como todas las mañanas, acudí al Grand Hotel, mentidero del toro donde se cocían casi todas las salsas taurómacas. Pronto me di cuenta de que el ambiente había cambiado de modo radical. Los taurinos, habitualmente expresivos, ruidosos y gritones, hablaban en voz baja formando circunspectos corrillos en el amplio hall. Comentaban lo que le había ocurrido el día anterior al empresario. Había algunas risas apagadas.
-¡A quién se le ocurre viajar con el innombrable!, decía un apoderado.- ¡Hay que estar pirao! ¡Fue una imperdonable temeridad! ¡Y bien que lo ha pagado!
-Dímelo a mi, comentó un banderillero.- Hace unos meses subí al coche del gafe tras un tentadero en Salamanca -lo que ciertamente fue un suicidio-, y pocos kilómetros más tarde el automóvil se incendió de golpe. ¡Tuve que salir saltando de cabeza por la ventanilla! ¡Me libré de milagro!
-¿Y aquella vez que estábamos asomados a una ventana en el hall de un hotel de Dax en un día radiante, sin una sola nube, se acercó a nosotros el innombrable y cayó de pronto un rayo espantoso que casi acaba con el hotel?, recordó estremecido un mozo de espadas.
-¿Y el día en que el empresario de Arles se estrelló con su coche contra la reja de la plaza tras ver al gafe? Se asustó tanto al verle que se dio una leche enorme, recordó un picador.- Yo estaba allí y lo vi todo. Lo mejor fue que el empresario salió del coche furioso, insultando al innombrable. Le decía: “¿Pero qué coño haces aquí a esta hora, pedazo de cabrón? ¿No tienes nada menor que hacer a las nueve de la mañana, hijo de zorra? ¿Es que no paras ni un segundo de joder a la gente, so mamón?”
-Ya sabeis que el gafe ejerció unos años como abogado en Montpellier, explicó un banderillero.- Pues bien, ¡siempre se las arreglaba para que el juez impusiera a su desgraciado cliente el doble de la pena solicitada por el fiscal!
-También fue crítico taurino en una radio de Tarbes, apuntó un empresario.- Llegaron a prohibirle la entrada porque cada vez que acudía a la emisora se iba la luz, se jodían las instalaciones y la radio se quedaba días enteros sin emitir.
-Un amigo mío de Córdoba, aseguró el banderillero, me ha dicho que el innombrable estaba en la plaza de Pozoblanco el día de la cogida y muerte del malogrado Paquirri. El gafe se fue a la andanada, con los abuelos. Por eso casi nadie le vio, excepto mi amigo. ¡La que formó ese día el innombrable! Primero Paquirri, luego el cámara que filmó la cogida, después el Yiyo, más tarde uno de los ganaderos de la corrida, al que asesinó a tiros uno de sus empleados… ¡Todos están criando malvas, los pobres! Es la siniestra “maldición de Pozoblanco”. ¡Y el innombrable estaba allí, en andanada, repartiendo implacable el mal fario! ¡Hostia, qué inmenso poder!
-Este empresario de Ventjaloux, señaló el apoderado, es un lila, es nuevo en ésto, no tiene ni la menor idea del mundo del toro –sólo le gustan las estúpidas vaquillas- y por eso no sabe que el innombrable no perdona. Aunque da lo mismo que este empresario esté ahora en el hospital porque en la plaza todo lo hace Vincent, el gerente. El otro, ni se entera. Me han dicho, por cierto, que este empresario es en los negocios un liante de cuidado. Con su espantosa voz de pito y su labia acelerada de tartaja que nadie entiende -o tal vez por éso-, arma unos follones de aúpa. Donde va, la arma. Le van a hacer un monumento en el Colegio de Abogados de Ventjaloux porque con tanto embrollo da trabajo a una legión de picapleitos. ¡Menudo pájaro!
-A mi me ha asegurado un taurino de Ventjaloux, señaló muy serio un chófer de toreros, que si metes a este jodido empresario en un cañón y disparas al azar, donde cae, debe.
Por una vez hubo unas risas abiertas, francas.
-Vincent es el que se ocupa de todo porque el otro es nuevo en ésto, pero lo malo es que es un mal bicho, apuntó en tono desabrido el mozo de espadas.- Nunca ha pagado a nadie lo pactado. Aunque tiempo atrás fue matador, no respeta a los toreros. Inventa todo tipo de excusas y mentiras para no soltar la pasta; siempre dice que no ha habido gente, aunque la plaza estuviera llena, que en los tendidos sólo se veía cemento y que con una taquilla tan pobre le es imposible cumplir lo convenido. Mientras te habla pone cara de dolor, como si le martirizaran las muelas o estuviera a punto de dar a luz, y lo que más me jode es que te trata una y otra vez de “hijo mío, hijo mío”. Aunque lo que de verdad le duele en el alma es soltar la tela. Es más agarrao que un taureg en alta mar tras el naufragio de su caravana de camellos. ¿Sabeis que tiene una página web en Internet?
-¡No me digas! ¿Y cuál es la clave?, preguntó el chófer.
-“www. menosnopuedogastar. com”
Las risas se convirtieron en resonantes carcajadas.
-Forma una pareja perfecta con el empresario, dijo el picador.- Los dos son de la orden del puño, más agarraos que un canónigo prostático en una casa de citas. ¡La tienen de cemento armado! ¡Dios los cría y ellos se juntan!
-Bien mirado, añadió el mozo de espadas con un gesto pícaro, habrá que agradecer al innombrable que estos días les haga toda clase de putadas. ¡Que se jodan! ¡Lo tienen bien merecido!
Mientras yo asistía a esta conversación desparramaba la vista por el amplio hall por si veía a algún taurino al que entrevistar o que pudiera ser fuente de noticias. Vi al fondo, sentado a una mesa, al padre de uno de los toreros que iban a actuar aquella misma tarde. Me acerqué a él. Intenté darle la mano, pero no me vio. Parecía ido. Hablaba en voz baja y hacía extraños gestos con los brazos levantados hacia el techo.
-¡Ha sido él! ¡El grandísimo hijo de la gran puta! ¡Ha sido él!, musitaba.- ¡Nos ha traído la desgracia! ¡El muy mamón!
Mientras hablaba señalaba con el dedo índice de la mano derecha hacia lo alto.
-¡Y ahí está el muy cabrón, tan tranquilo!
Así siguió un buen rato. Creí que se había vuelto loco. Al cabo me atreví a preguntarle:
-¿Qué ha ocurrido? ¿Quién es el gran cabrón?
-¿Quién va a ser? ¡Ese de ahí!
Volvió a señalar con el dedo hacia el cielo. Pensé por un momento que aludía a Dios.
-¿Qué ha pasado? ¿Por qué te metes con Dios?
-¡No es Dios, joder! ¡Es el innombrable! ¡Qué ruina!
Insistí varias veces hasta que me contó lo que había sucedido:
-Mientras mi hijo se duchaba esta mañana, pisó el jabón y se dio un golpe tremendo contra el borde de la bañera. Allí quedó inconsciente hasta que le encontré. Tuve que llamar al médico. Mi hijo se ha recuperado, pero tiene un enorme chichón en la frente, tan grande como el cuerno de un rinoceronte.
-Bueno, lo esencial es que esté bien, apunté.
-Sí, claro, ¡pero con ese chichón tan descomunal no le cabrá la montera! ¡No podrá hacer el paseíllo con ella! ¿Te das cuenta? ¡Es terrible! ¡Vamos a hacer el ridículo! El público pensará que es la tarde de su presentación, como si fuera un principiante. ¡Qué vergüenza! ¡Y todo por ese asqueroso!
-Pero, ¿qué os ha hecho el innombrable?
-¿Qué qué nos ha hecho? ¡El muy hijo de puta ha cogido su habitación justo encima de la de mi hijo y le ha transmitido el mal fario! ¡Lo ha hecho a propósito! ¡Seguro! Esta tarde mi hijo no podrá ponerse la montera y cuando le vean con ese chichón tan enorme en la frente la gente se va a cachondear. Y los taurinos, ni te cuento. Van a pensar que su mujer le ha puesto los cuernos. ¡Con la ilusión que teníamos puesta en esta corrida! ¡Y todo por ese hijo de satanás!
Allí le dejé, apuntando enloquecido con su dedo hacia lo alto mientras seguía profiriendo crecidos insultos y frases inconexas.
………………………….
Al salir del hotel me encontré con un antiguo torero, Bernard. Me propuso:
-¿Vamos a tomar el aperitivo a “La Muleta”?
Era el bar más taurino de la ciudad, cerca del Grand Hotel. Pertenecía a un antiguo novillero, un tipo muy simpático. Se accedía al local bajando por unas escaleras.
Cuando iniciábamos el descenso vimos salir por la puerta acristalada ¡al innombrable en persona!
-¡Hostia! ¡Santo Dios! ¡No puede ser! ¡Virgen Santa de Ventjaloux!, dijo Bernard aterrorizado señalando al gafe.
Presa de irrefrenable nerviosismo mi amigo tropezó, perdió pie y cayó por la escalera dando grandes tumbos hasta dar con sus huesos con gran violencia contra la puerta de cristal, que con un ruido infernal quedó hecha añicos. Salieron los clientes del bar en auxilio de Bernard y entre todos le llevamos a un taxi, que nos condujo como una centella al cercano hospital de la Cruz Roja. Allí nos dijeron que mi amigo tenía el brazo derecho roto, se le había salido la clavícula y sufría una intensa conmoción cerebral. ¡Para él se acabó la feria!
Mientras tanto el rey de los gafes, ajeno como siempre a los desastres que provocaba, dormía a pierna suelta una apacible siesta en su acogedora y silenciosa habitación del Grand Hotel.
……………….
Terminado su placentero reposo el innombrable miró el reloj y pensó que aún tenía tiempo, antes de que empezara la corrida, de entrevistar para la ínfima revista de Vic-Fezensac para la que trabajaba (la única en todo el orbe taurino que tenía el increíble coraje, rayano en el puro suicidio, de publicar sus crónicas ¡y firmarlas con su nombre, oh cielos, Dios nos coja confesados!) a un joven matador gitano que ascendía como la espuma por la resbaladiza cucaña taurina. Telefoneó a la recepción y allí le informaron del número de la habitación del prometedor torero, llamado por su arte singular, si no se torcían las cosas, a ser uno de los mandones de la fiesta.
Salvador Fernández, gitano español criado en las Marismas del Guadalquivir, era un artista de pies a cabeza, un nuevo Cagancho que tenía revolucionado el planeta de los toros. En la reciente feria madrileña de San Isidro acababa de dar una histórica campanada, dos faenas de formidable regusto con un arte personalísimo. Manejaba el capote como el divino Rafael de Paula, el terso y mítico espejo en el que el joven torero se miraba, y con la muleta era Curro Romero redivivo por la cadencia, el temple, el sentido de la improvisación y el arrebato. Había formado la mundial en la capital del toreo, la primera del mundo, el coso que da y quita, y desde ese momento se le habían abierto de par en par todas las puertas. Su presencia en la feria de Ventjaloux había despertado máxima expectación. Desde hacía varios días estaba asegurado el cartel de “No hay billetes” y la reventa hacía su agosto.
¡Y entonces el innombrable entró en escena!
El joven torero se estaba vistiendo con la ayuda de su mozo de espadas en una suite del Grand Hotel. En la habitación en silencio, con una tenue luz que se filtraba por los visillos, el rito se cumplía con una precisión milimétrica. Salvador Fernández, como buen gitano, estaba colmado de manías y supersticiones.
Para vestirle el mozo de espadas tenía que seguir un orden riguroso, preciso. Debía empezar siempre por el lado izquierdo y tenía que ser él, y no otro, quien le pusiera finalmente las zapatillas para evitar la mala suerte. Sobre una mesilla había colocado una infinidad de estampas de vírgenes y santos y varias lamparillas de aceite, que tenían que estar encendidas todo el tiempo que durara el festejo. También debían permanecer así, a largo de la tarde, las luces de la habitación, aunque no hubiera nadie en ella. Para lograrlo el mozo de espadas daba órdenes contundentes en el hotel. Salvador jamás cogía el ascensor porque recordaba con terror lo que le había ocurrido en un hotel de Málaga a Manuel Díaz “El Cordobés, que estuvo al borde de la muerte cuando se desprendió un montacargas desde lo alto. Al iniciar el paseíllo lo hacía siempre con el pie izquierdo. Si al ir en el coche hacia la plaza se cruzaba ante ellos un entierro o un gato negro, la cogida parecía asegurada y todo se iba al garete. Si un aficionado entraba en la habitación vestido de amarillo o dejaba su sombrero sobre la cama del matador, el desastre era inevitable. Si durante la comida alguien derramaba la sal sobre la mesa, había que cogerla a puñados y echarla inmediatamente por encima del hombro izquierdo. Jamás actuaba en día trece (sobre todo si, además, era martes o viernes, ¡qué horror!) y no se alojaba nunca en una habitación de hotel con ese odiado número (jamás decía la palabra “trece”; para ello utilizaba la expresión “doce más uno”). La principal misión del mozo de espadas era precisamente velar para que se eliminaran al máximo los fatídicos y cada vez más numerosos signos anunciadores del mal fario.
¡Y entonces llamaron a la puerta!
-Mira a ver quien es, ordenó el apoderado al mozo de espadas.- Si es un aficionado plasta no le dejes pasar.
El mozo de espadas abrió y al ver al innombrable en el dintel se quedó mudo de terror, paralizado, sin saber qué hacer. El gafe aprovechó esos instantes de vacilación para entrar en la suite.
Al verle el apoderado palideció intensamente. Salvador Fernández estuvo a punto de desmayarse.
-¿Qué haces aquí? ¿Qué coño quieres?, acertó a balbucir con un supremo esfuerzo el apoderado.
-Vengo a entrevistar a Salvador, respondió el gafe.- Tras su gran éxito de Madrid es el torero de moda.
-Es que ahora no tenemos tiempo, pretextó suavemente el apoderado.- Tenemos que salir enseguida hacia la plaza. ¿Lo entiendes, verdad?
No quería ser descortés. No quería atraer la mala suerte. Si el innombrable se cabreaba podría ser muchísimo peor.
-Tan sólo dos preguntas y luego me voy.
-Vale, vale, pero rápido.
-Salvador, ¿qué esperas conseguir en Ventjaloux tras tu gran triunfo en Madrid?
El torero estaba a punto de responder a la inane pregunta cuando observó con espanto que el innombrable, antes de tomar entre sus manos una libreta y un bolígrafo, dejaba descuidadamente su oscuro sombrero sobre la cama.
Salvador palideció y se quedó sin habla.
-Pero, ¿qué coño haces?, dijo el apoderado fuera de sí.- ¿Nos quieres buscar la ruina? ¿No sabes que eso da muy mala suerte?
-¿El qué?
-¡Pues qué leches va a ser! ¡Lo sabes de sobra! ¡Dejar tu puto sombrero sobre la cama!
-Bueno, bueno, ya lo quito, dijo el innombrable muy tranquilo.- Bien, Salvador, ¿qué me respondes?
El torero parecía alelado. Había perdido el don de la palabra. De pronto se subió a la cama de un salto con la agilidad de un simio mientras señalaba con su mano derecha hacia el suelo. Tenía los ojos desorbitados.
-¿Qué ocurre, Salvador?, preguntó sorprendido el apoderado.
El torero seguía apuntando hacia la moqueta en el preciso lugar en que se encontraba el innombrable. Su rostro había adquirido un tono cerúleo, de muerte anticipada.
-¡Qué horror!, musitaba demudado.- ¡Qué espanto!
El apoderado miró hacia allí y de repente lo vio:
¡El innombrable llevaba unos indecentes calcetines de un intensísimo amarillo-canario-limón!
-¡Si serás pedazo de cabrón!, aulló.- ¡Lo haces a propósito! ¡Vienes aquí a jodernos!. ¡Primero lo del sombrero y ahora los calcetines! ¡Te voy a matar! ¿No sabes, hijo de zorra, cabronazo, que el amarillo da un mal fario horroroso? ¡Mala puñalá te den!
Enfurecido, cogió al innombrable por los hombros e intentó echarle a patadas de la habitación. El gafe se resistió, se agarró con todas sus fuerzas a la mesilla llena de incontables imágenes de vírgenes y santos y el improvisado altar se derrumbó de repente con estrépito. Al caer una de las lamparillas de aceite prendió fuego a los visillos y en unos segundos la habitación se llenó de pestilente humo y de amenazadoras llamas. Matador, apoderado y mozo de espadas corrían despavoridos por la suite pidiendo inútilmente auxilio. El innombrable aprovechó el caos para escapar. El mozo de espadas intentó apagar el incendio echando agua con un ridículo botijo. Llegaron los empleados del hotel, redujeron el fuego y auxiliaron a las víctimas. Salvador Fernández fue sacado de la suite medio ahogado, con el precioso traje de luces tabaco y oro -que estrenaba esa misma tarde-, chamuscado e inservible. Lloraba histérico, se mesaba los cabellos, rezaba al Cristo de los gitanos. ¿Cómo iba a torear ahora? Tuvo que cambiarse de terno a toda prisa y enfundarse el de un banderillero de su cuadrilla.
Diez minutos después, cuando se acercaba a la plaza de toros en el Mercedes del apoderado, Salvador gritaba desesperado:
-¡No quiero ir! ¡No quiero ir! ¡Hoy no, hoy no!
Para colmo de una esquina vieron salir de repente un coche fúnebre al que seguían otros automóviles negros cargados de coronas.
Los lamentos del torero se hicieron insufribles:
-¡No puedo torear! ¡Hoy no puedo! ¿No lo comprendes? ¡Voy a morir! ¡Es el fin! ¡Este es mi último día!
Gruesas lágrimas recorrían su rostro, de una palidez extrema. Imploraba llorando al apoderado:
-¡Mándales un parte facultativo! ¡Diles que estoy muy enfermo, que tengo diarrea!
-¿Estás loco? Ya no hay tiempo. ¡Han puesto el cartel de “No hay billetes”! Si no te presentas nos borrarán de todas las plazas. ¡Eso no se puede hacer! Haz al menos el paseíllo.
Llegaron al coso, que estaba a reventar. La tarde fue para Salvador una auténtica catástrofe. En sus dos toros escuchó los tres avisos. Sus pases sólo fueron ridículos e insensatos mantazos reveladores de un miedo pánico. Intentó matar repetidas veces a paso de banderillas con infames sablazos en los costillares, sin conseguirlo, hasta que sus toros volvieron al corral. Las broncas fueron épicas, demoledoras. Le despidieron con una salvaje lluvia de almohadillas. Hubo división de opiniones: unos se acordaban de su padre, y otros, los más, de su pobre madre.
Al llegar al hotel, derrotado, hecho un guiñapo, anunció que cortaba la temporada. ¡El aventajado y exquisito discípulo de Cagancho se había rendido con armas y bagajes a la fuerza inconmensurable del monarca supremo de todos los gafes del toreo!
………………….
Jacques Orsay, apoderado de uno de los matadores de mayor cotización anunciados en la feria, acudió a primera hora de la mañana del día siguiente a la plaza de toros para ver los astados reservados a su torero, que acababan de llegar en camión al coso. En realidad quería verificar secretamente si era cierto que estaban afeitados, como le habían asegurado. Fue a los corrales y le indicaron que la corrida estaba en un lugar de difícil acceso al que sólo se podía llegar ascendiendo por una escala de hierro fijada al muro de piedra. Jacques tenía un vientre descomunal y caminaba con dificultad. Comenzó a subir con mucho cuidado por la empinada escalera. Resoplaba como un búfalo herido. Para colmo llevaba en su mano izquierda un puro gigantesco que acababa de encender. Con un esfuerzo sobrehumano llegó a lo alto y desde allí contempló los toros. Jacques era un consumado experto en afeitado, un reputado maestro en el mueco con la lima, la pez y la escofina. Los dejaba mejor que antes, aunque con varios centímetros menos justo en el diamante, donde hieren de verdad. Así los astados perdían el sentido de la distancia cuando lanzaban cornadas. Observó atentamente la corrida. Seguro que la habían arreglado. Eran toros bajos de agujas, terciados, nada ofensivos, de cómodas cabezas, casi mogones, en el tipo de embestir. Un encierro amable para figuras. Jacques se quedó satisfecho. Al llegar al hotel le diría a su torero que no había de qué preocuparse. Acompañaría sus palabras con un expresivo gesto: el dedo índice de la mano derecha sobre el de la mano izquierda, con un repetido movimiento de sierra.
Todavía con el puro en la mano izquierda empezó a descender por la empinada escala. Se dio cuenta de que bajar le iba a resultar mucho más difícil que subir. Jadeaba, soltaba juramentos, sudaba como un jabalí perseguido por una jauría desatada. No veía bien los peldaños y la pierna derecha le fallaba. En ese instante escuchó unos destemplados gritos:
-¡Jacques! ¡Jacques!
Alguien aireaba su nombre desde algún lugar cercano.
-¡Jacques! ¡Jacques!
Esa voz, esa voz… Era aflautada, repulsiva, muy desagradable…De pronto la reconoció con espanto: ¡Era la voz del innombrable!
Jacques empezó a temblar. Se puso muy nervioso. Le quedaban aún muchos peldaños por descender. ¡El innombrable! ¿Qué coño hacía allí aquel indeseable? Le maldijo con toda su alma. Aferrado a la escala de hierro, apenas se atrevía a moverse. Con infinito cuidado intentó situar su pie izquierdo en el peldaño siguiente y luego, muy lentamente, el derecho, pero al apoyarlo resbaló sin remedio.
-¡Ay, que me mato!, gritó antes de caer al vacío.- ¡Ay! ¡Ay! ¡Ay!
Se escuchó un golpe sordo. El corralero echó a correr para auxiliar al apoderado. Tuvo que apartar a golpes a un cabestro que se acercaba peligrosamente al herido. Jacques yacía en el suelo rebozado de boñigas y meados. Gritaba con todas su fuerzas.
-¡Ha sido él! ¡Me ha matado!, gemía.
El innombrable tomó las de Villadiego. Nadie se explicaba qué leches hacía en los corrales a aquella temprana hora de la mañana y nadie se atrevió a preguntárselo. Cruzó entre los asombrados vaqueros y el portero del coso sin perder la calma y salió tranquilamente a la calle.
El apoderado fue trasladado urgentemente a una clínica y allí le diagnosticaron fractura del fémur de la pierna izquierda. Permaneció tres meses y medio en el hospital entre tremendos dolores. Juraba a quien quería oirle que el día en que se encontrara cara a cara con el innombrable le sacaría las tripas, pero nunca se atrevió a cumplir su promesa. Se limitó sabiamente a huir como de la peste de aquel maléfico pájaro de mal agüero.
………………….
Me había citado para comer con un fotógrafo veterano, François Canou, un tipo maravilloso, de una gran cordialidad, que a sus noventa años seguía tan campante de feria en feria en Francia y España. Había conocido a los toreros más grandes: Juan Belmonte, Pepín Martín Vázquez, Manolete, Luis Miguel Dominguín, Antonio Ordóñez… La trágica tarde de la muerte de Manolete en Linares él había estado allí, había sido el único fotógrafo profesional presente en aquel drama que marcó para siempre la historia del toreo. Para mi era un privilegio que fuéramos amigos. Conversar con él era sencillamente formidable. Me hablaba de Hemingway, al que había tratado mucho, de Ava Gardner, la diosa, ¡a la que tuvo sentada en sus rodillas!, de Deborah Kerr, de Orson Welles, cuyas cenizas están depositadas en una urna en una finca de Ronda que perteneció a Antonio Ordóñez… Yo le dejaba hablar y me limitaba tan sólo a formular de vez en cuando alguna pregunta. No sentía el paso el tiempo al escuchar sus apasionantes historias.
Ya estábamos a la mesa en un restaurante cercano a la plaza de toros donde había hecho la reserva días antes (en feria estaba siempre lleno a rebosar), cuando se nos acercó un oscuro taurino gorrón de Burdeos con el decidido ánimo de sentarse con nosotros. Colaboraba como fotógrafo en una revista de ínfima tirada de Dax y en el mundillo se aseguraba que nunca llevaba carrete en su minúsculo aparato, que era como de juguete y sin flash. Eran fotos-bluff, una forma de colarse en el callejón de todas las plazas, lo que lograba con una habilidad asombrosa. Con un olfato implacable, digno del mejor perro de presa, se orientaba cada día con diabólica precisión para saber dónde podía comer gratis. No había banquete, sarao, fiesta, aniversario, cumpleaños, entrega de trofeos, fiesta anual de peñas, bautizo, boda e incluso entierro en cien kilómetros a la redonda donde no estuviera en lugar destacado. Llegaba indefectiblemente de los primeros y no perdía el tiempo conversando con los vecinos de mesa, no fuera que animados también por la ley implacable de la gorronería acabaran antes que él con la pitanza. Le llamaban “el factor” porque en su lejana juventud había trabajado algún tiempo –unos pocos días- en la S.N.C.F. Aquella experiencia había sido tan demoledora que jamás la volvió a repetir. Ni allí, ni en ningún otro sitio. Se inventó un pasado de torero –en realidad nunca había cogido un capote-, se compró una cámara de perra gorda, de tipo infantil, y se lanzó al proceloso mar de una existencia a salto de mata, gorroneo y cara de cemento armado. Los insultos que a menudo llovían sobre él por su rostro berroqueño no le afectaban lo más mínimo. Esbozaba impertubable una estólida sonrisa y aseguraba que estaba acostumbrado a las palabras soeces, ¡pues en su juventud había sido árbitro de rugby! (una vez se tragó el pito de un certero y alevoso golpe).
Allí estaba él, “el factor” en persona, sentado a nuestra mesa. Mi amigo Canou se había compadecido del colega. Lo bueno del taurino gorrón es que casi nunca hablaba. Era como haber invitado a un mueble, así que al menos nos dejaba conversar, es decir, no impidió que Canou me asombrara de nuevo con el repertorio inagotable de sus sabrosas anécdotas. En esas estábamos cuando salió a colación –era inevitable- la irrupción del innombrable en la feria de Ventjaloux y sus devastadores efectos. Y entonces, sólo entonces, “el factor” dejó de comer por un instante, abrió la boca y el muy imbécil ¡pronunció el nombre maldito! ¡El muy cretino debía pensar que no lo conocíamos! Hubo unos instantes de terror. Canou palideció y yo tuve que ir con urgencia al lavabo con un apretón horroroso. Casi no llego a tiempo.
Cuando volví a la mesa “el factor” seguía comiendo como si nada hubiera ocurrido. Le increpé, le insulté, le dije de todo, pero con su estúpida sonrisa seguía tragando como si no fuera con él.
Canou anunció:
-Me voy al hotel. Perdona, Richard, ha sido muy agradable, pero estoy algo mareado, no me encuentro bien, la cabeza me da vueltas. ¿Me podrías acompañar hasta un taxi?
Pagué la cuenta y salimos del restaurante -“el factor” ni se inmutó y siguió trasegando comida como si esperara el fin del mundo-. Paramos un taxi y ayudé a Canou a subir al automóvil.
-Al Hotel Majestic, le oí decir.
Tres horas más tarde comenzó la corrida. Era un encierro de los denominados por los taurinos “comerciales”, para una terna de figuras. El primer toro salió como una exhalación a la arena, cruzó el ruedo y saltó al callejón justo donde se hallaban “El factor” y Canou en el burladero reservado a los fotógrafos. El astado, de quinientos cincuenta kilos de peso, cayó sobre ellos como un tanque Sherman en plena batalla de Normandía. Destrozó por completo la defensa de madera, y los fotógrafos, que habían formado un desamparado montón de carne humana sobre el firme de cemento del callejón, quedaron a su merced. De entre sus posibles presas escogió sin dudarlo a una: ¡al “factor”! Gordo, pequeño, calvo, con la abultada panza llena a rebosar, se zafó milagrosamente de incontables gañafones y cuando abrieron el portón para que el toro volviera al ruedo, el fotógrafo salió también a la arena precediendo al astado a la máxima velocidad que le permitían sus cortas piernas. Era una escena trágica porque se mascaba el drama, pero al mismo tiempo de una comicidad irresistible. Por último cuando el toro estaba a punto de cornearle en su orondo y flácido trasero, “el factor”, con un supremo esfuerzo, saltó de cabeza al callejón.
¡Y el toro le siguió hasta allí!
En los tendidos se mezclaban los alaridos (sobre todo los de las mujeres) con las carcajadas. Lo más increíble es que en el callejón el astado se desentendió del aterrorizado fotógrafo, que estaba tirado en el suelo a su merced y se había hecho sus necesidades encima (tal vez por esa poderosa razón olfativa no le embistió), y siguió tranquilamente su camino hasta salir de nuevo a la arena.
Mi preocupación mayor era saber qué le había ocurrido a mi buen amigo Canou. Me tranquilicé al verle en otro burladero con su inconfundible gorra blanca. No parecía muy afectado. Muchos años atrás había sido torero y se había enfrentado a menudo con la muerte.
“El factor” fue atendido en la enfermería de un puntazo corrido en la nalga izquierda, fractura nasal, varetazos y contusiones múltiples. Nunca más, en el resto de su vida, se le oiría pronunciar el proscrito nombre del innombrable en vano.
………………….
Que los taurinos tienen siempre ganas de peligrosa coña -sus cuerpos necesitan generar a cada instante adrenalina a chorros- es algo seguro. Lo que más les gusta es cachondearse de los demás. Y si hay riesgo serio, mejor que mejor. Seguramente por eso me designaron a mi, novicio en el mundo del toro, inocente cordero destinado al sacrificio, para entregar un trofeo ¡al mismísimo innombrable! en la fiesta anual de la Peña “Nimeño II”, el acto social más vistoso y concurrido de la feria de Ventjaloux.
La sala más espaciosa del Grand Hotel estaba llena de gente. Las mujeres lucían sus vestidos más elegantes acompañados de valiosa pedrería y los hombres vestían trajes oscuros con serias corbatas a juego. La cena de gala se desarrolló con normalidad hasta que se inició la entrega de premios. Uno a uno fueron nombrando a los galardonados en la feria del año anterior: matadores, banderilleros, picadores, ganaderos, críticos, hasta que le llegó el turno al rey de los gafes.
-El señor Richard Foucret, anunció el presentador con voz aterciopelada, joven y distinguido periodista de “L´Echo de Ventjaloux”, entregará ahora el premio a la mejor crónica del año a……. (aquí el prohibido nombre del hacedor supremo y definitivo de mal fario).
Un escalofrío recorrió el espinazo de los taurinos al escuchar el nombre proscrito. ¡Se avecinaba la catástrofe!
Se hizo un silencio de muerte. Se oía volar a las moscas (si es que había). Nadie osaba moverse ni hablar. Una señora despistada que inició un tímido e inane cloqueo fue impelida violentamente a guardar silencio.
Me entregaron una pesada cerámica, como un gigantesco y picassiano botijo verde oscuro, para que se la diera al gafe. Aquel objeto pesaba una barbaridad. Me acerqué con él al innombrable y se lo entregué. El lo cogió, intentó mostrarlo a los asistentes mientras esbozaba una difícil sonrisa y en ese mismo instante ¡el botijo estalló en mil pedazos entre sus manos como una bomba de mano!
Tras unos momentos de crudo asombro un orondo y voluminoso picador rompió a reir a carcajadas y todos los comensales le siguieron en masa. Las risas, incontenibles, se elevaron como una mortífera nube de gas mostaza, llenándolo todo con su fétido aliento. Hubo desmayos por ahogo, señoras embarazadas a punto de dar a luz, banderilleros que pusieron arriesgados pares al quiebro con tenedores y cuchillos, un camarero que perdió sus pantalones mostrando sus vergüenzas, una señora que reventó su corsé golpeando a sus vecinos de mesa… La sala se convirtió en un loquero.
¡Y en ese instante, en el momento supremo, se fue la luz!
En aquel manicomio las risas descontroladas se convirtieron en la oscuridad primero en asustado silencio y luego en tímidos lamentos. Todos creían a pies juntillas que aquello era obra del gafe, que se estaba vengando por burlarse de él y que, por tanto, podía ocurrir cualquier desgracia.
Esa premonición llegó a cumplirse cuando un apoderado de tres al cuarto, representante del estúpido rejoneador marsellés que trajo al gafe a Ventjaloux y tan tarado como él, gritó a pleno pulmón para hacer una gracia:
-¡Fuego! ¡Fuego! ¡Fuego!
Se armó la mundial. Las obesas matronas arrollaban inmisericordes a los taurinos con la fuerza telúrica de sus inmensas y poderosas mamas, los picadores, utilizando cuchillos en ristre blandidos como aguzadas puyas, se abrían paso hacia la salida, algunos banderilleros pugnaban por huir clavando arriesgados pares por los adentros, empresarios y apoderados gemían desconsolados mientras protegían desesperadamente sus abultadas carteras… Yo, entretanto, me refugié bajo una mesa, a la espera de que pasara la colosal tormenta.
Se hizo de nuevo la luz y a mi alrededor pude ver los restos de un desolado campo de batalla: gente pisoteada, mesas y sillas por los suelos, cristales rotos, platos y vasos fracturados, lámparas y candelabros destrozados, manteles y cortinajes hechos añicos… Llegó la policía, acompañada por los bomberos, y se inició el difícil rescate. Yo había tenido mucha suerte. Me puse en pie, comprobé que nada me había ocurrido y me dirigí rápidamente hacia la salida. Eché una mirada de soslayo al destruído local y lo último que vi superó por completo mi capacidad de asombro:
¡El innombrable se había sentado tranquilamente a una mesa –la única incólume- y con calma regia comía a dos carrillos un descomunal fragmento del gigantesco pastel de nata y crema que habría servido de postre!
………………………
Al llegar al periódico narré lo que había visto y dejé que los compañeros de la sección de “Sucesos” se encargaran de completar la información. Estaba todavía bajo los efectos del shock. El redactor jefe, solícito, me sirvió un whisky, y François, el fotógrafo, trajo dos hielos. Entonces sonó el teléfono.
-Es para ti, Richard, anunció François pasándome el auricular.
-Sí, ¿quién es?
-Soy…
Al otro lado del hilo escuché pronunciar el nombre del gafe. Me quedé helado.
-Te llamo, explicó dulcemente, para darte las gracias por haberme entregado ese trofeo que tanto significa para mi, y para despedirme. Me voy a la feria de Mont-de-Marsan con unos amigos que he encontrado en el hotel.
-Buen viaje, logré balbucir tartamudeando.
-Un fuerte abrazo y hasta que nos veamos otra vez. ¿Vendrás a Mont-de-Marsan?
-Pues no lo sé. Buen viaje, repetí.
Pensé que lo último que haría sería ir a ese lugar.
-Te enviaré un libro que acabo de publicar sobre la semiótica del toreo, añadió.- Es un enfoque nuevo, radical, revolucionario de la fiesta; rabiosamente actual. Ya lo verás. Adiós y muchas gracias de nuevo.
¡Ni la más mínima alusión al tremendo drama que había propiciado en el Grand Hotel! ¡Para el gafe nada había ocurrido! O era un enorme caradura o vivía ensimismado, en su propio mundo, indiferente por completo a las desgracias que causaba a su alrededor.
Conté a mis compañeros la conversación que acababa de mantener y el redactor jefe, Alain Ruperet, me expuso su personal teoría:
-Mira, Richard, tengo bastante experiencia en gafes porque también abundan en el mundo de la ópera. Los clasifico en dos grandes categorías: los endógenos y los exógenos. Los endógenos son gafes que sólo se causan daño a sí mismos. Si, por ejemplo, pasan por una calle donde hay una obra y se desprende un ladrillo, éste cae indefectiblemente sobre su propia cabeza. Por el contrario los exógenos son aquellos que transmiten siempre, invariablemente, el mal a los demás. Jamás son alcanzados por la mala suerte; la traspasan a otros tan sólo con su presencia. El ladrillo que se desprende cae de ese modo sobre la cabeza de la persona más cercana al gafe exógeno, pero nunca jamás sobre él. Dentro de la categoría de los exógenos hay que distinguir a su vez, por orden de importancia, entre gafes mínimos, medios y máximos, o por seguir las categorías establecidas por Napoleón para la Legión de Honor, entre Caballeros, Oficiales y Grandes Oficiales. Ese innombrable del que nos hablas pertenece sin lugar a dudas a esta última categoría o tal vez incluso a la élite suprema de los Grandes Maestros, que ya es el no va más. Parece ser por derecho propio un Gran Maestro de la Orden de la Gafancia, con mando en plaza. ¡Es un caso clínico, un auténtico peligro público!
-¡No lo sabes bien!, concluí.- ¡La feria se ha ido al carajo! Me han dicho que van a suspender la corrida de mañana.
Un par de horas más tarde llegaron los compañeros de sucesos. Las noticias eran desoladoras: Dieciocho heridos, doce de pronóstico reservado. Una señora había dado a luz en la oscuridad. Un picador se había fracturado las dos piernas. Una gran figura del toreo había sido pisoteada salvajemente. Un apoderado de campanillas juraba que le habían robado todo el dinero que llevaba encima, una cantidad importante que de milagro acababa de cobrar de la empresa (¡para una vez que alguien había cobrado!)…
Llamé al gerente de la plaza, que estaba desolado.
-Hijo mío, me dijo, ante esta catástrofe tan grande estamos pensando en suspender la feria. ¿Cómo vamos a dar, hijo mío, los festejos que quedan -dos corridas y una novillada- con tantos heridos? Nos pondrían a parir, hijo mío. Dirían que somos unos insensibles. Y tendrían razón, hijo mío.
-¿Sabes que el innombrable me acaba de llamar y me ha dicho que se va a la feria de Mont-de-Marsan?
-¡No me jodas! ¡Santo Cielo! ¡Pobre gente! ¡No saben lo que les espera! Hijo mío, voy a llamar enseguida al empresario, aunque no me cae bien. Tiene que estar advertido. ¡Hijo mío, la que se va a formar allí! No lo quiero ni pensar. ¡Otra feria al carajo! ¡Y todo por ese rejoneador tarao de mierda! ¡Esto es el fin, hijo mío!
Cuando el gerente utilizaba reiteradamente la expresión “Hijo mío” es que estaba realmente desesperado, en las últimas, al borde mismo del infarto o del ataque de nervios.
-Bueno, ya te llamaré, Richard, hijo mío, para decirte lo que decidamos. Pero esto está muy mal, hijo mío. ¡Ese hijo de la gran puta! ¡Me cago en el rejoneador del carajo!
-¿Cómo está Albert? (el empresario herido), pregunté para quedar bien.
-¿Cómo va a estar? ¡Hecho unos zorros! ¡Está hundido, cabreadísimo! ¡Esta maldita feria va a ser nuestra ruina! El Ayuntamiento no nos concederá la prórroga (la plaza era de propiedad municipal y cada dos años salía a concurso el arriendo, con derecho a prórroga). ¡Si un día, hijo mío, agarro al puto rejoneador le abriré en canal!
Andando el tiempo, Vincent, tal vez por inevitable contagio, se convirtió a su vez en un temible gafe. Cada vez que apoderaba a un matador se multiplicaban las cogidas del torero y los desaguisados colaterales: mortales accidentes de carretera, toros que saltaban al callejón y alcanzaban a profesionales, comidas en mal estado, extrañas enfermedades… No llegó a adquirir la categoría inmarcesible de Gran Maestro, como el innombrable, que era un caso irrepetible, pero sí la de un distinguido Gran Oficial de la muy temida Orden de la Gafancia Taurina.

…………………
Dos meses más tarde recibí un voluminoso paquete. Lo abrí. Era un grueso libro taurino con una larga y cariñosa dedicatoria. Al leer el nombre del autor lo arrojé horrorizado cuan lejos pude. ¡Era del innombrable!
¿Qué podía hacer con aquel siniestro mensajero del mal fario? ¡Lo había tocado con mis manos! ¡Había leído su venenoso nombre! ¡Y me lo había dedicado! ¿Qué tragedia insufrible se abatiría ahora sobre mi?
Acertó a pasar en ese momento por allí un compañero de redacción que era aficionado a los toros. Le pregunté:
-¿Te gustaría tener un estupendo libro taurino que acabo de recibir? Es de un autor prestigioso, con un nuevo y muy original enfoque sobre la fiesta.
-Sí, claro, por supuesto. Te lo agradezco mucho.
-Pues es ése de ahí.
Le señalé el libro caído en el suelo. El lo recogió con absoluta ingenuidad y se lo llevó muy ufano.
Di gracias al Altísimo –si es que existe- por haberme librado de aquella espantosa maldición, aunque dentro de mi sentía escondidos remordimientos por exponer a tan crecido riesgo a un inocente y amable compañero.
¡Una semana más tarde le echaron a patadas del periódico, sin indemnización ni causa justificada!
¡El rey de los gafes había atacado de nuevo!”.

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Adoración nocturna

Este relato de humor se publicó también en el libro “Retorno a la ciudad del viento”. Su título: “Adoración nocturna” (el autor, que es un peligroso e imprevisible visionario de excesiva y calenturienta imaginación, asegura también en este caso que el ochenta por ciento de lo que se narra fue verdad, sólo que en la Barcelona de los años sesenta; ¡si será fabulador!):

“Desde que en “L´Echo de Ventjaloux” me habían nombrado jefe de sección mis finanzas habían mejorado ostensiblemente, lo que me permitía alimentar una de mis principales aficiones: ir de putas. En mi etapa de fracasado cantautor-protesta mis ingresos eran tan parcos como mi popularidad, por lo que rara vez conseguía materializar mis obsesivos sueños de acostarme con colipoterras de buenas hechuras. Tenía que conformarme con hacerlo de vez en cuando al albur de mis inciertas y exiguas ganancias. Pero ahora era muy distinto. Con la paga de jefe de sección podía materializar mis deseos y acudir al menos una vez por semana a lupanares de campanillas.
Así lo hice aquella noche de sábado al terminar mi guardia en el periódico. Escogí un prostíbulo del que algunos compañeros me habían hablado muy bien. Al entrar en el espacioso local pude ver una lujosa barra de bar al fondo, sofás y sillones tapizados de rojo, cuadros eróticos en las paredes y una docena de mujeres que me parecieron bastante atractivas. La luz era tenue, rojiza, propiciando los encuentros amatorios. Algunas parejas bailaban en una pista que se hallaba casi a oscuras. Sonaba un bolero cadencioso y los hombres ejercían de pulpos en celo acariciando ansiosamente a las complacientes féminas.
Me senté en un sofá al fondo del salón y no tardó en acercarse a mi una muchacha alta y bien formada, que me habló con dulzura. Accedí a que se sentara a mi lado y a que pidiera una botella de champagne. Charlamos unos minutos y casi sin darme cuenta la tenía entre mis brazos. Nos acariciamos con pasión creciente. En la semioscuridad de la sala recorrí su cuerpo, sus pechos firmes, sus muslos, su vientre terso. Ella respondía a mis demandas y cuando mi excitación alcanzó un nivel elevado me invitó a que la acompañara a uno de los reservados que había detrás de la barra. Nos llevamos una segunda botella de champagne y tras consumar nuestro apasionado abrazo la vaciamos en un santiamén. Pensé en aquellos momentos que era un tipo con mucha suerte, con un trabajo bien pagado que le permitía ir de juerga a los mejores lupanares de Ventjaloux. ¿Cuántos jóvenes de mi edad podían decir lo mismo?
La muchacha, que se llamaba Sara, intentó pedir una tercera botella, pero le dije que ya era suficiente. Ella insistió, pero ante mi nueva negativa endureció el gesto y llamó de inmediato al camarero.
-Este señor, anunció friamente, se quiere marchar.
El camarero se plantó frente a mi. Era un tipo enorme con pinta de luchador o boxeador retirado, con un feo rostro deformado por los golpes y la nariz completamente torcida.
-Son mil trescientos francos, dijo secamente.
Busqué en el bolsillo izquierdo de mi pantalón, donde solía llevar mi cartera, pero allí no había nada. Lo intenté entonces en el derecho y me quedé helado: sólo hallé un pañuelo arrugado. Revisé con el mayor cuidado mi chaqueta sin el menor resultado. ¡No tenía ni un céntimo! ¡Había dejado el dinero en mi apartamento!
-¿Qué le ocurre?, preguntó inquieto el camarero.- ¿Va a pagar de una vez?
Volví a la carga. Repasé una y otra vez con el mayor nerviosismo todos los bolsillos de mi chaqueta y de mi pantalón. ¡No llevaba nada encima!
-Es que…, es que…, balbucí, es que he dejado el dinero en casa.
-¡Con que esas tenemos!, aulló el sirviente.- ¡Así que el señorito se va de juerga y no tiene con qué pagar! ¡Yo te enseñaré, mal nacido, degenerado, golfo, rata asquerosa, sucia escoria! ¡De mi no se ríe nadie!
Volví a hurgar con desesperación en mis bolsillos y hallé en un lugar insospechado, en un olvidado dobladillo, mi carné de identidad.
-Le puedo dar mi carné de identidad, propuse con un aterrado hilo de voz.- Se lo puede quedar mientras voy a buscar el dinero a mi casa. Está aquí cerca. ¿Qué le parece?
El camarero cogió el carné y anunció con voz de trueno:
-¡Voy a avisar al dueño! ¡Y que no se te ocurra moverte de aquí, sinvergüenza, pedazo de cabrón!
Poco después apareció en compañía de un hombrón calvo de unos cuarenta y cinco años, fornido, de mediana estatura, de piel cetrina, de espaldas tan cuadradas como las de un levantador de pesas y con cara de muy pocos amigos.
-De modo, chico, que no puedes pagar, dijo con una voz cavernosa que infundía terror.- Pues has de saber que aquí no nos andamos con hostias. Te has tirado a la chavala más guapa del club, has bebido dos botellas del mejor champagne y eso cuesta una pasta gansa. ¡Así que o sueltas el dinero ahora mismo o te acordarás toda tu puta vida de esta agradable soirée!
El hombrón se acercó a mi, se arremangó la camisa y ya se disponía a atizarme con su puño derecho cuando el camarero dijo suavemente:
-Jefe, el chico me ha dado su carné de identidad.
El dueño lo cogió, se acercó a una luz y lo examinó.
Pasaron unos segundos angustiosos. De pronto exclamó:
-¿Richard Foucret? ¿Te llamas Richard Foucret? ¿Tienes algo que ver con Armand Foucret?
-Sí, claro, es mi padre.
-¿Eres hijo de Armand Foucret, el abogado?
-Sí.
-¿De verdad? ¿No me engañas? ¿Es eso cierto?
-Le juro por lo más sagrado que Armand Foucret es mi padre. ¡Se lo juro!
-¡Joder, chaval, haberlo dicho antes! ¡Soy íntimo amigo de tu padre! ¡Y pensar que he estado a punto de partirte la cara!
Me quedé de piedra. Lo último que podía imaginar en este mundo es que mi padre, un hombre profundamente religioso, de misa diaria, austero, de rígida y estricta moralidad fuera íntimo amigo del dueño de un prostíbulo.
-Esto cambia radicalmente las cosas, dijo el hombre esbozando una dulce sonrisa.- Tu padre es un caballero a la antigua usanza, un patriota, un católico ejemplar, una persona de firmes e inquebrantables convicciones. Por eso le admiro y le aprecio muchísimo.
-¿Puedo hacerle una pregunta?, inquirí con voz temblorosa.
-Las que quieras, querido muchacho.
-¿Puedo saber de qué conoce usted a mi padre?
-De la adoración nocturna.
-¿De la adoración nocturna?, pregunté con un asombro sin límites.
-Una vez al mes, explicó, en la parroquia del Carmen velamos toda la noche por turno al Santísimo. Yo suelo hacer la última guardia, a las cuatro de la madrugada, cuando acabo en este trabajo, y entonces relevo a tu padre. Así lo hacemos desde hace bastantes años. Por eso tenemos una amistad tan grande.
Me quedé sin habla.
-Bueno, chico, vamos a arreglar este enojoso asunto, ¿no te parece? ,anunció.- Si eres digno hijo de tu padre, cosa de la que no dudo, puedo tener en ti una confianza ciega. Pero no me falles, porque la aventura terminaría muy mal. Me dices que tienes el dinero en casa. Te creo. De momento me quedo con tu carné de identidad. Te lo daré cuando me entregues la pasta. Recuerda: Son mil trescientos francos más la habitual propina para el camarero, Serge, que, como ves, se ha portado con mucha discreción. Es un hombre prudente y experimentado, que conoce bien su oficio.
-¿Le traigo aquí el dinero?, inquirí.
-No hace falta que te molestes. Me lo puedes traer hoy mismo, a las nueve de la mañana, a la comisaría de Saint Prieur, que está muy cerca de donde viven tus padres, en la place de Lyon. Aunque es domingo, tengo que estar allí de guardia.
-¿Por quién pregunto?
-Por mi, por el comisario jefe André Touram. Me traes el dinero metido en un sobre, me lo entregas discretamente, yo te devuelvo el carné y asunto concluído. Aquí paz y después gloria. ¿Hace?
-Sí, desde luego, y muchas gracias.
-Otra cosa, chaval: no digas nada de todo ésto a tu padre. Será nuestro secreto. ¿Entendido? Y si alguna noche te apetece echar otra cana al aire, ya sabes donde nos tienes. Siendo hijo de tu padre, en mi casa dispones desde ahora del más amplio crédito.
Unas horas después, a las nueve en punto de la mañana, acudí a la comisaría de Saint Prieur, pregunté a una secretaria por el comisario Touram y tras unos minutos de espera el policía me recibió con una gran sonrisa. Dejé distraídamente el sobre con el dinero sobre la mesa del despacho y el comisario me dijo entonces mientras me daba amistosos golpecitos en la espalda:
-Muy bien, chico, muy bien. Ya veo que eres tan serio, cumplidor y honrado como tu padre. No podía ser de otro modo al ser hijo de un ferviente y ejemplar católico. ¡De tal palo, tal astilla! Por mis contactos me he enterado de que trabajas como periodista en “L´Echo de Ventjaloux” y que allí estás bien considerado. Mi más sincera enhorabuena. Confío en que este pequeño incidente suponga entre nosotros el inicio de una buena amistad.
Me dio cordialmente la mano, me acompañó solícito hasta la puerta del despacho y salí a la calle. Mientras regresaba a mi apartamento no dejaba de preguntarme si mi padre ocultaba una doble vida. Me resultaba difícil, sin embargo, aceptar la idea. Como era joven e inexperto no podía concebir que un ser humano alcanzara un grado tan descomunal y acabado de hipocresía.
-¡Adoración nocturna!, murmuré sonriendo para mis adentros.- ¡Qué excelente pretexto para salir de noche de vez en cuando y poner impunemente los cuernos a mi madre! ¿Y si, en realidad, mi padre es un cachondo genial?
¡De tal astilla, tal palo! (nunca mejor dicho).”
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